¿Cómo puede ser que la bombilla que inventó Edison lograra una duración de 1.500 horas y las bombillas actuales tengan una vida garantizada de “solo” 1.000 horas?, o ¿cómo es posible que exista una bombilla en Livermore que lleve encendida desde 1901, con un total de más de 950.000 horas!?!?

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en un debate sobre si las toda la tecnología que usamos está obsoleta. Todo empezó con la opinión de unos que afirmaban que toda la tecnología que utilizamos hoy en día tiene al menos 15 años de antigüedad (desde las pantallas de plasma, hasta las placas solares, e incluso el coche eléctrico).

En ese momento, y como anillo al dedo en el debate, llegó a mis manos el artículo “Gadgets: built to not last”  donde se menciona la estrategia empresarial denominada “obsolescencia planeada” que pretende comercializar productos con un ciclo de vida predefinidamente corto (baterías no reemplazables, mayor coste de reparación que de reemplazo, etc.), al tiempo que provocar al consumidor la necesidad de renovar y, lógicamente, la empresa facilitar la substitución. Esto choca con la necesidad de alargar el ciclo de vida de algunas tecnologías para rentabilizarlas mientras se desarrollan nuevas opciones más “rompedoras”.

Entiendo que habrá distintos aspectos que regularán más o menos la migración de una tecnología a otra, desde la creación de barreras de entrada en un futuro con una nueva tecnología, la necesidad de alargar las ventas de todo lo que queda en el inventario antes de lanzar una nueva tecnología, el factor precio (no es lo mismo cambiarte el mp3 por el iPod, y luego por el iPhone, que una instalación de placas solares de última generación) o incluso aspectos legales y regulatorios. Pero más allá del debate que os comentaba al inicio de este post, quería profundizar un poco más en los peligros de una mal ejecutada “obsolescencia planeada”

Todos observamos cada día y somos parte involucrada (activa o pasivamente) en la propia naturaleza consumista que define nuestra sociedad capitalista, y que refleja perfectamente la estrategia de “obsolescencia planeada”. Empresarialmente hablando suele ser una estrategia muy rentable, y de ahí su uso extendido, particularmente en lo que a productos tecnológicos de gran consumo se refiere.  Pero es evidente la insostenibilidad que este modelo de tecnología “diseñada para la basura” está generando, no únicamente a nivel económico, pero especialmente a nivel medioambiental e incluso de salud, tal y como ilustra este video

Es realmente alarmante…

Yendo un paso más allá, y siguiendo la recomendación de Josep Maria Canyelles, responsable del think tank Responsabilitat Global tuve la posibilidad de ver el documental “Comprar, Tirar, Comprar – La historia secreta de la Obsolescencia Programada” (aquí en català) dirigida por Cosima Dannoritzer

Os recomiendo encarecidamente que le echéis un vistazo. En este reportaje podemos descubrir el nacimiento del concepto “obsolescencia planeada” de la mano de Bernard London en la crisis del 29 como modelo para generar trabajo y beneficios, pero que no fue hasta la década de los años 50 cuando resurgió el concepto bajo la forma que ahora conocemos de la mano de Brooks Stevens: el diseño de productos con una vida limitada, convenientemente amplificados con el marketing y dirigidos a un consumidor constantemente insatisfecho, que necesita comprar para identificarse, por autoestima y porque el producto deja de ser útil pronto, y consiguientemente, es un comprador reincidente.

En un entorno marcadamente capitalista y consumista esta estrategia fue implantada en las empresas de gran consumo. Paralelamente observamos como en una economía comunista más planificada, menos eficiente y con menos recursos la obsolescencia tecnológica no tenía sentido. El documental repasa todo el siglo XX hasta llegar a nuestros días, con casos como el litigio contra Apple y la corta vida de las baterías de los primeros iPods.

Más allá del consumismo (modelo en crisis donde compramos con dinero que no tenemos productos que no necesitamos), el principal problema es la insostenibilidad de este modelo y su crecimiento en un mundo de recursos ilimitados. Detener el daño que está causando debería pasar a ser una prioridad en las discusiones de la industria. Las imágenes del vertedero de Agbogbloshie en Ghana (considerado el mayor del mundo) y los comentarios del activista medioambiental Mike Anane denunciando el traslado de residuos tecnológicos a los países subdesarrollados, deberían hacernos reflexionar sobre esta forma maquiavélica y déspota del cómo tratar de resolver la brecha digital. Los grandes fabricantes deberían tomar consciencia de la situación y tomar acciones determinadas en respetar el medioambiente, y no solo palabras.

En esta línea crítica y cada vez más aceptada contra el modelo de la “obsolescencia planificada” encontramos

  • pensadores como el profesor de Economía de la Universidad de Paris, Serge Latouche que encabeza el sistema económico denominado decrecimiento en contra de un estilo de vida insostenible basado en el despilfarro y el crecer por crecer;
  • proyectos como “Doors of perception” liderado por John Thackara sobre proyectos sostenibles con el entorno y productos diseñados para resistir; o
  • el libro “Cradle to Cradle” del arquitecto y ecologista  William McDonough donde se propone tener en cuenta todas las fases de los productos involucrados en el diseño de un producto para evitar gastos de energía en la medida de lo posible.

Para terminar, aprovecho una reflexión de Alfons Cornella quien afirma que “para alguien que haya nacido antes de una determinada tecnología, siempre será tecnología, y para alguien que haya nacido después, aquel objeto será un electrodoméstico”.

Al menos, los electrodomésticos suelen tener una vida “más” larga.

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